Pao
Cheng, confundido y aturdido luego de la visita a su autor, se sentó en una
esquina a reflexionar sobre lo sucedido. Si el autor dejaba de escribir, él
dejaba de existir. Pensamientos iban y venían en su mente acerca de esta
dependencia recíproca que había descubierto. El autor debería escribir por
siempre, pero ¿lo haría? ¿Realmente quería Pao vivir consciente de su ilusa
libertad? ¿Era eso vivir?
En ese momento, vio a un muchacho que se le acercaba, tímidamente.
- ¿Se
encuentra usted bien, señor?- Preguntó.
Pao sin advertir que se trataba de un
completo extraño, respondió: - No muchacho. ¿Cómo te sentirías tú si
descubrieras que estás destinado a vivir como dicte otra persona, sin libertad
alguna?
Pao dudó
un momento y prosiguió: - No sé siquiera si me interesa esta vida.
- Si bien no padezco su situación, le entiendo perfectamente a qué se refiere
cuando habla de perder interés en su vida. Ya sea por un estúpido y no
correspondido amorío o por la pérdida de libertad. De hecho, estoy camino a
visitar a Miguel de Unamuno, es un escritor que entre sus ensayos, escribió
acerca del suicidio. Siendo esa última una opción que considero en este momento
de mi vida, decidí ir a visitarlo. No lo estoy alentando a usted, señor, al
suicidio. Al contrario le ofrezco acompañarme, y tal vez encuentre usted
también alguien con quien conversar en Unamuno.
Pao Cheng no dudó un instante, y cuando el muchacho terminó de hablar, estaba
de pie a su lado, listo para emprender camino.
- Por cierto, ¿Cómo es tu nombre? Yo soy Augusto.
- Pao Cheng, un gusto.
Emprendieron camino, hablando de sus miedos,
más que nada al de dejar de existir, o a preferir el suicidio antes que la
retirada libertad.
Al cabo de largos días de viaje, llegan al
encuentro con Unamuno. Ambos comenzaron a recitarle el motivo de su visita.
Augusto tomó la palabra: -Hace años que los
dos nos preguntamos acerca del sentido de nuestras vidas. Por mi parte, desde
hace tiempo que el suicidio forma la mayor parte de mis pensamientos. Oí hablar
de usted y me pareció buena oportunidad el consejo de un gran sabio.
Unamuno los miró de reojo, moviendo
lentamente sus anteojos de lectura hacia arriba de su cabeza y con una pícara
sonrisa les dijo: -Muchachos, ya es hora de que ustedes sepan que el suicidio
no es salida, ya que no forman parte del mundo real.
Augusto y Pao lo miraron con su expresión más
confusa, y sin aliento, siguieron escuchándolo.
-No hay salida más que soporten esta ilusión,
esta farsa, este gran relato.
-¿Relato? –Dijo Pao- ¿Usted, señor, me está
diciendo que nosotros estamos dentro de una simple historia, de una simple
ficción en la que ambos somos personajes y fuimos imaginados alguna vez por
alguien?
-Sí, querido, por más extraño sea mi cuento,
es cierto.
-¿Y quién es nuestro creador?-Preguntó
Augusto, ya casi sin palabras para expresar lo que quería decir.
-Soy yo, pues claro. Yo soy quien puede
decidir su muerte o su vida, su increíble felicidad o su máximo sufrimiento, de
sus pensamientos y sus emociones. Yo,
Miguel de Unamuno, soy el gran dueño de sus irreales vidas. Ustedes no existen,
son producto de mi gran imaginación y su destino también.
-Es decir que lo que usted quiere decirnos,
es que nosotros no podemos ni vamos a poder elegir nunca-dijo Pao.
-Yo vine hasta aquí con un solo propósito.
Necesitaba hablar con usted ya que no encuentro razón para seguir viviendo ya
que no hay más que desilusiones, y ahora usted me esta diciendo que nada de lo
que viví fue real. Refuerzo entonces mi objetivo que me trajo hasta aquí; si
usted escribe mi destino, voy a pedirle que acabe con él.
Unamuno lo miró seriamente y dijo
cortante:
- Pero yo no puedo matarte, claro que no. Sería inhumano de mi parte, pues así como te creé y armé toda tu vida, tengo igual respeto por la misma.
Pao Cheng miró a Augusto suplicante al
darse cuenta de una cosa: si él se suicidaba, es decir,
si Unamuno cedía al pedido de Augusto,
entonces él quedaría completamente solo en esta vida de ficción que se le fue asignada.
-Querido amigo, ahora que descubrimos esta verdad, ahora
que sabemos que nuestras vidas no nos pertenecen, te suplico que entiendas, si
tú desapareces, yo tendría que compartir este secreto con nadie más que conmigo mismo.
El autor de ambos interrumpió a Pao:
- Otra razón, Augusto, por la cual yo
no puedo matarte, es por eso mismo. Yo creé dos personajes que estaban destinados a encontrarse, y así lo hicieron. Y aquí están. Lamento decirte, que
deberás vivir hasta que tu
historia se acabe. Hasta que yo decida ponerle un fin. Mientras tanto deberás encontrar un... consuelo, si así quieres llamarle en tu compañero Pao Cheng. Porque así lo he decidido.
Sin más para decir Pao y Augusto
se retiraron del humilde hogar de Unamuno dando cuenta de que a ellos les iba a
llegar la muerte el día que su escritor muera ya
que mientras él esté vivo, ellos estarán vivos en su imaginación.