Ella es Talía. Mira al horizonte imaginando un mundo
mejor. Está de perfil y muestra tristeza con sus labios cerrados y sus claros
ojos. Parecía salvaje, con su pelo despeinado, todo revoltoso y al aire. El sol
se lo iluminaba y parecía aun más rubio, casi amarillo. Tenía un flequillo
sobre la frente, dejando un especio en blanco en el medio y unas mechitas de
pelo sobre su rostro. Acababa de salir de su casa de comer un chocolate
derretido con almendras. Sintió una sensación de calor.
Talía caminó hasta la playa y al llegar se sacó toda
su ropa, hasta quedarse en maya. Había ido sola y la soledad la acompañaba.
Veía la línea del horizonte y al Sol entregándose al mar. Corrió con intensidad
y desesperación hacia el mar: lo extrañaba. Escuchando la tranquilidad del
paisaje, entró al mar. Se encontraron dos mundos. Mundos que se sintieron unos
a otros. No fue un encuentro rápido, sino pacífico; no salvaje, sino
apasionado. Talía sintió una sensación de frío. Se había zambullido dentro de
las aguas. Los pies tocando la arena. Arena fina que parecía líquido, ya era
casi barro, tierra húmeda. Ya no tenía aire. Salió del agua y olió un aroma a
sal, las olas cayendo hasta el final. Miró hacia abajo. Sus pies estaban
enterrados. Vio peces de distintos colores y tipos, difíciles de describir. El
que más le llamó la atención fue uno lila con rayas negras. En realidad no sé
si era lila, era como ella lo veía. Ese era su color favorito. Sintió una gran
felicidad. Entró devuelta para sentir todas las hermosas sensaciones una vez
más. Se quedó un tiempo más que el anterior. Cuando salió, su pelo era más
largo, la forma de su cara estaba distinta, tenía los ojos y la nariz más
grandes. La playa estaba repleta de gente. Talía no entendía lo que ocurría. Se miró en el reflejo de las aguas y vio que ya una adolescente.
Natalia David